Misleidis Fernández es una cubano-americana que emigró a Estados Unidos en busca de libertad y nuevos horizontes. Profesional bilingüe y empresaria exitosa, fundadora y CEO de Aje by Misly Inc., empresa con sede en Miami especializada en preparación de impuestos, preparación de formularios de inmigración y servicios financieros y administrativos. Combina su sólida formación académica con más de 19 años de experiencia en gerencia empresarial. Graduada con un Bachelor en Psicología por la Florida International University (FIU), apasionada por la literatura, la lectura y la escritura, es autora del libro A Falta de Sueños. Actualmente cursa un Máster en Neuropsicología Clínica en la Universidad Internacional de Valencia.
Sábado en la noche, dos adultos solos en medio de la algarabía de la Calle 8. Una cafetera de mi tamaño es testigo de nuestra amena conversación: ¿Anna Bensi? Ay, la pobre: unos la defienden, otros la comparan con Alcántara, protestan en el Capitolio en su defensa, que si sí, que si no. Al final, soy una simple mortal que, muy a pesar de mi criterio propio, mi sentido común me indica que no puedo poner en tela de juicio las acciones de otro individuo, mucho menos si mis acciones nunca han ido más allá de un par de posts en Facebook. Nada da ni quita derechos a los individuos para ‘luchar’ de la manera que encuentren correcta. ¿O es que todavía necesitamos más miserias y daños antropológicos para entender que la desunión de un pueblo es el regocijo de la dictadura en cuestión? El extremismo solo ocasiona ceguera, y esta, a su vez, inhibe la claridad de los pensamientos.
En el andar y desandar del tecleo rápido y furtivo de la vida diaria, en camino a ganarle la batalla al sedentarismo y estirar un poco las piernas como rebeldía anti screen, me obnubila un texto. Le achaco el efecto a la falta de cafeína en una mañana caliente del Sur de la Florida, y releo esperanzada en entender aquel recordatorio a no sé quién ni por qué. Provenía del mensajero telefónico de mi hija mayor, y al observar la hora de envío, me doy cuenta de que el suceso ocurrió mientras aún yo dormía. Rezaba un fragmento de alguna entrada de este blog, el cual terminaba, obvio, con mi nombre y apellido. Le pregunto a mi hija de qué se trataba, aclarándome que había pasado la noche en vela tratando de conocerme mejor. Para ello había leído cada una de las entradas en mi blog y sentía la necesidad de proseguir, detenida solo por la ausencia de textos, a los que me ordena que escriba. Así que aquí le va:
Escribir es un proceso de disfrute y necesidad. Todo lo que necesito expresar primero debe pasar la prueba del lápiz: si se lee bien, pues lo “suelto”. También me ha resultado antiestrés, y como forma de desahogo que “no es lo mismo, pero es igual” (sí, la tarareo en mi cabeza). Lo que más he hecho en mi vida ha sido leer y escribir, incluso cuando esta se ha rehusado a permitírmelo privándome del preciado tiempo. Siempre me las he arreglado para demostrarle que sí puedo, porque soy un ente sin más ambición que la felicidad de mis hijas y la paz de mi hogar. La escritura va más allá de lo que los visitantes de mi blog ven aquí. Los que me conocen saben que agendas y notas en la aplicación de mi iPhone sobran. Solo es que ya se escribe bastante en la red como para ponerlos yo también a pasar un mal rato. Igual de vez en cuando me embebo de mi humildad y paso por aquí y les regalo algo. Así como quien no me lo ha pedido, pero igual lo suelto. ¿Me burlo, acaso? Tal vez un poco: ahora tendrán que lidiar con lo que me ha estado molestando todo el día, jaja, les daré un texto más, de esos de los que abundan, para que tengan scroll y pasen sus horas inútiles mientras me regodeo en las páginas del libro en turno en la mesita del lado de la cama en que duermo.
Mi hija vino a verme hoy, ya es una adulta de la que siempre lo digo: me siento muy orgullosa. Me ordena que por favor pase y le deje algo para leer en la noche. Pero debe ser algo que salga de mí, y no se me ocurre más que contarles el hecho. Sí, es un hecho: hoy escribo solo para ella aunque aquí estés tú terminándolo y recriminándote el no terminar eso que dejaste de hacer o entraste buscando en tu device. Pero ¿qué sería de la escritura sin el pecado del ego? Mi hija me pide que escriba y ahí voy yo, corriendo a darme el placer de la complacencia. Cuánta dicha la mía que estas palabras le acompañen en sus oscuras horas de desvelo mientras imagina una vida que sueña, emprendiendo vuelo rumbo a develarla.
Hoy, sí, hoy, mi hija vino a visitarme y hablamos de todo, como locas, como siempre, como somos: hablantinas, amorosas, enamoradas y apasionadas de la vida. Somos tan iguales y tan diferentes que reímos a carcajadas cuando nos damos cuenta.
Cambiar el tiempo de estudios y lecturas por abrazos. Libros de filosofía por cuentos de antaño, muchas veces inventados. Subir estándares para obtener resultados funcionales. Reorganizar la vida para darle sentido a la de ellas. Abrazar y sentir cómo se desplaza el miedo para convertirse en amor. Presumir otro ser antes que a uno mismo. Alimentar privándome del más grande gusto. La valentía de una economía sólida, aun cuando apostaban que no lo lograría. Enseñar a volar a sabiendas del costo del “nido vacío”. Echar raíces cuando la que quiere volar es mamá. Arriesgar mis sueños para llevar a cabo el proyecto de mi propia vida, aunque no ya tan aprisa; esto merece un plan. Aprender a esperar, sentir y entender el comportamiento de individuos que, aunque creados por mamá, no me pertenecen. Hacer feliz por placer y sentir el alma satisfecha como resultado.
La mejor inversión de mi tiempo, a pesar de todos los sueños dejados en el camino. Esos que se ponen en espera y tal vez nunca se retoman. Es una cocina aborrecida convertida en amor por el placer que produce sentarse juntos a la mesa, aunque se rían conspirando cómo deshacerse de una cucharada más. No venía en mi manual el arte de la cocción, tampoco nunca me esforcé por aprenderlo. Ver a alguien marcharse y pedirle que no lo haga, y convencerle. El desespero de un regreso que ocurre cuando menos lo espero mientras me obsesiono con la ubicación de una aplicación de un iPhone cualquiera. Vivir el dolor en los ojos de estos individuos y tomarlo personal, defenderlos con uñas y dientes, y a veces a golpes, a ideas, a odio, sin remordimiento. Es el deleite de la complacencia siempre: sus deseos. El único remordimiento de un “se me fue la mano”. Un “no corras” en un parque infantil, por un miedo frío que recorre mientras imagino una cicatriz en la quijada, la segunda. El derramar de lágrimas en cada participación de fin de curso, talleres de teatro, clases de piano, saltos de cheerleaders. El respeto a lo diferente, el moldearlo con sabiduría por la destreza de los años, con la única intención de evitar un traspié. Dormir cuatro en una cama “Queen”. Suavizan el alma los abrazos en las largas noches mientras los observo desvelada ante el pequeño espacio que logro alcanzar, en la misma cama Queen. Enemiga de todo aquel que no respete el ego de mis seres, los que arrojé al mundo, incluyendo a aquellos que ayudaron a crearlas y darles vida (por una simple cuestión biológica).
Pienso en mis muertos y me aferro a las caricias de una ancestral señora que me acariciaba en las noches y me vigilaba el respirar y los latidos de mi corazón. La misma que vigilaba mi camino con la luz apagada para que yo no la divisara en la persiana de aquel balcón del apartamento que aún extraño y que ya solo existe en mis recuerdos. Es ella la única culpable del amor que desbordo hoy como madre. La que me enseñó que, a falta de abuelas como ella, la abundancia de mi cariño, paciencia y su recuerdo me ayudarían a criar dos hijas que no me abandonan, que siempre quieren estar, que comparan mi amor con otros y siempre escogen el mío. Que no necesitan más que escucharme, o pedirme que las escuche. Dos personitas que me llenan de orgullo y de felicidad. Ellas no lo saben, siempre digo que en mi próxima vida escogeré venir como hombre. ¡Mentiras! Volveré a escoger (si me lo permiten) ser la madre que me construí, la de mis sueños, la que me inspira a abrazarlas, esa que fabricó mi abuela con sus yemas de los dedos sedosos, la misma que sigue visitándome en mis sueños, aunque no ya tan frecuente. Ya sabe que lo he logrado, pero sigue presente en unas rosas blancas y en la claridad de mi andar, siempre a mi paso y con su sabiduría como ejemplo.
Cumplir años debería ser un paso más hacia la madurez deseada. Sí, eso está bien para los simples mortales, pero para entes como yo, cumplir años es solamente un paso más hacia una adolescencia consciente y disfrutada, donde comprar un juego de cazuelas es el chiste del año. Una plancha con tabla incluida es inaudito. Aún sigo lavándome los dientes antes de ponerme mis espejuelos, o leyendo mientras camino esas dichosas cinco millas diarias por aquello de mantenerme fuerte ante el sedentarismo.
Sigo persiguiendo libros viejos y calificándolos a mi antojo como botiquín anti-resfriado. Ya le he advertido a mi hija mayor que mis libros (mi único tesoro y herencia) son para conservar y que, bajo ningún concepto, aceptaré (del lado de allá o de acá) que se deshaga de ellos.
Me he pasado más de la mitad de mi vida estudiando. Tengo la capacidad de hacer muchas cosas a la vez y que todo me produzca pasión. Sigo escribiendo para mí más que para el mundo y ahora, precisamente, me ha dado por crear “contenido” en redes sociales, como así le llama el mundo actual. No me falta tiempo, me sobra creatividad, amor y pasión por todo lo que me propongo y logro.
Nunca voy por la senda que quieren verme, pero aseguro que está bien así. Nada que arrepentirme. Me queda mucha pasión aún y entrega futura. Por el momento me paro en el hoy y existo, no para cumplir un año más, sino para celebrar todo lo vivido.
Deslumbrante a mis ojos, inmóvil, me observa, me precisa que debo mirar del lado opuesto. Siento esa fuerza que mueve por dentro e inquieta hasta que encuentro el objetivo. Ahí está, erguido elegantemente, fuerte como su textura, en pie, esperándome. Solo caminé, embebida por su belleza, la luz irradiando el camino de los vericuetos empedrados que conducian hasta él. Alzo mi brazo izquierdo y un escalofrío me recorre y paraliza al tocarlo. En ráfagas comienzo a observarme desnuda, blanquísima, rodeada de doncellas todas ensimismadas en su jornada para prepararme, asearme, vestirme, peinarme, maquillarme. Una música muy vaga de fondo, un viento bamboleaba las cortinas con amplios ventanales. A lo lejos, una vista refrescantemente verde, y la certeza de que sería un grito mi atuendo.
Lo suelto asustada, agitada. Miro a mi alrededor mientras en Lincoln Road la feria local de Vintage Clothes continúa atrayendo público. Recuerdo mi botella de agua de cristal fría, refrescante, en mi mano derecha, y me la empino. Dudo, retomo mi actitud y estiro mi brazo izquierdo pero ahora crédula, con intención, observando aquel hermoso vestido de otra época que yo necesito ponerme. Mi corazón se acelera al sentir la retumbante voz de mi familia que me grita que no me lo ponga, que el Príncipe ha muerto. Las doncellas ahora danzaban en celebración y yo solo observaba la verdura en la distancia, sin entender muy bien la danza y los gritos, solo observaba. Me pesaba el cuerpo y al observarme, aún descalza, dentro de aquel vestido, comienzo a sudar, pero en demasía. El piso debajo de mis pies se humedece, inmóvil.
«Fue hecho a la medida», me comenta la vendedora que ha estado conversando sola, aunque asegura que conmigo. «A la medida mía», se me escucha decir aunque disimulo. «Me lo llevo». El costo era irrisorio ante su majestuosidad, no supe las medidas, no me importaba. Solo recogía lo que era mío. Pagué, ridículo pagar por lo que me pertenece pero no sabría explicarle. Trató de decirme cómo lavarlo pero ya yo, percha en mano, me alejaba aunque nunca dejé de escucharla. Caminé hasta el final de la feria, ensimismada en la habitación adonde mis pies ahora resbalaban y el vestido, largo, comenzaba a humedecerse. Me costaba arrastrarlo, la textura gruesa del tejido me obligaba a ayudarme con mis dos brazos levantándolo de cada lado un poco. Mis piernas blanquísimas, relucientes, húmedas, solo avanzaban, sin rumbo, sin motivo, solo orientadas por una tierna y suave melodía lejana.
Llego a casa, lo cuelgo de una ventana frente a mi cama. Quiero observarlo, saber cómo ha llegado hasta mí, nuevamente. La añoranza se mueve helada por mis venas, cuagulada. Percibo un halo de luz a su alrededor. Cierro la ventana, no quiero confundirme con la claridad del domingo. Intento dormir pero mis ojos, firmes, miran, de lejos, cada detalle del jaspeado, hilvanando recuerdos que prometen ir muy lejos o traerme de vueltas. El brazo Izquierdo, inconsciente, agarra mi corazon, no logro controlarlo, me domina… Despierto con una notificación en mi iPhone, Expedia me recuerda unas vacaciones bookeadas a la India, que no recuerdo haber reservado; ‘!La etiqueta!’ me grito. «Made in India» reza…
El pasado 3 de Enero desperté emocionada por la detención y extradición y encarcelamiento de Nicolás Maduro. El Pueblo de Venezuela en las calles de Miami celebrando, generó una esperanza absurda pensando en los míos, esos cubanos, los que no cuentan con remesas, esos de la tercera edad sobreviviendo en la indigencia a pesar de carreras exitosas olvidadas en el recuerdo. Pero ese sentimiento que afloró en mi corazón, no abandonó ese lado escéptico que me caracteriza.
Cuba, durante 67 años bajo la dictadura más lonjeva de Latinoamérica, ha dado sobradas razones para una intervención americana. Pero no tiene recursos de fuerza económica que beneficie y justifique así la operación. Las excusas sobran, Rusia también tiene poder dentro de Venezuela, así, esta queda desmentida. Russia tambien tiene poder en el país en cuestión.
El pueblo de Cuba tiene que saber que está solo. Y que solo ellos podrán ganarse su libertad a fuerza de lucha contra esa tiranía. Ni dialogo, ni cambios internos lo hará posible. Despierten de ese sueño. No hay una dictadura de tal envergadura que abandone o cambie, solo la acción les hará libres.
Me regocijo en el júbilo del pueblo venezolano, por la única razón (clara hasta ahora) de la apprehension de ese dictador. Les deseo Libertad y su país de vuelta. Aún mucho qué hacer, y sobre todo, disipar la incertidumbre de qué pasará, pero es un buen comienzo.
A propósito de un post de Ulysses en el que comenté:
Desafortunadamente, el problema de los I220A radica en, incluso cuando han hecho todo en orden y han seguido al pie de letra todo el proceso correctamente, siguen en el mismo limbo. Si, son muchísimos los que añoran un regreso a Cuba, blah blah blah, pero hablemos de los que SÍ han seguido el proceso. No hay diferencia, los han tratado igual. Y no Estoy hablando de estadísticas irreales, sino de personas que recibo a diario. Ni una, ha logrado legalizarse. Y si, con asilo, prueba, y los jueces desestiman casos sin estudiar a fondo, tirando a estas personas a los leones y dejándolos a merced de una suerte inexistente y sin recursos para salir adelante. No todos son ese desastre y se supone que esta administración haga la diferencia. De lo contrario, qué sentido tiene el voto por un party u otro? Ah, y no solo son los cubanos…sin contar los que esta administración dejó entrar bajo fianza por allá por el 2019 (no entraban en categoria I220A), guess what? Aún siguen en limbo migratorio. Más de 6 años cumpliendo con todo. De nada les ha valido. Hoy viven con el mismo miedo del primer dia. Ninguna de las dos administraciones ha mirado con solución sus casos, y? Por favor, el problema migratorio actual, va más allá de aquellos que siguieron los cantos de sirena que no necesitaban asilo. Esos que paguen las consecuencias. El desconocimiento no los exonera. Pero no son todos ni la mayoria.
***Hace mucho que me dije que no me involucraría, no tengo tiempo para comentarios tontos. Así que, ni aclararlo eh, que estoy sumergida leyendo algo más interesante.
Desperté extenuada, la noche me pareció corta. Una incertidumbre latente en estos últimos tiempos. Días meditando cuán equívocos aquellos que piensan que mi afiliación o devoción van por cierto partido u hombre. Más no disciernen que este mundo es regido por gobiernos políticos y que, dependiendo de quien esté a cargo, nos tocará a menos o a más. Igual seguimos siendo peones. Hubo un filósofo de cuyo nombre no puedo acordarme, quien no se equivocó cuando alegó que el voto no debía estar en manos de las masas.
Quiero que hoy sea un día libre de fantasmas en mis pensamientos. Evitar el agobio por lo que no puedo cambiar. Encerrarme en mi mundo como hago siempre y evitar escuchar las noticias (todas malas, siempre). Terminar un libro y comenzar otro, ya escalonado por orden prioritario y variable, acumulados en mi mesita de ‘noche’ y su extensión (otra mesita). Y que cuando toda esta peligrosa algarabía haya pasado, levantarme y andar, sin mirar atrás, arreglar lo que se pueda y continuar.
Nuestro voto nunca definirá un presidente, nuestros deseos de libertad siempre han estado limitados. La falacia nos persigue. Según la biblia: La fe sin obra es muerta. Por tanto, voté para abogar por Fé, desvanecida, claro. La esperanza transmuta, en un abarcador desliz.
Una visita a la oficina del Social Security actualmente se convierte en una experiencia interesante. Espero tranquilamente mientras leo, en mi carro, escuchando muy a tono con el libro en cuestión ‘El silencio en sus ojos’, a Miles Davis ‘Blue in Green’ (mencionado en el libro). De pronto miro en dirección a la puerta de la oficina en busca de la persona que he traído y veo como crece la fila. Al cabo de un tiempo se desvanece, y todo comienza de nuevo. Bajo la ventana por el frío que siempre me provoca el aire acondicionado del carro cuando llevo demasiado tiempo inerte, sumergida en la lectura. Comienzo a escuchar y observar aspectos de la nueva inmigración: el muchacho del pullover rojo sale del carro arreglándose la ropa al unísono con el movimiento mandibular que produce su goma de mascar, arregla su cabello engomado (deduzco por la brillantez) y saca su prenda (cadena de oro o brillante) por encima de su ropa, como complemento perfecto, provocador de la primera impresión. Se aleja sumido en una videollamada procedente de Cuba, se escuchan los gritos de ambos lados del teléfono provocados por la mala recepción. Otro hombre camina nervioso, agitado, intenta comunicar pero no le es posible. Coloca su sobre transparente encima de un carro que observo no le pertenece, enciende un cigarro de esos que parecen baratos por la poca delicadeza del diseño de la caja. Suena su teléfono, contesta con el cigarro a medio labio mientras recoge su sobre que muestra su pasaporte cubano como tesoro debelador de Ciudadania. Se queja, se queja y se vuelve a quejar de Miami y lo duro que se le está haciendo todo, incluso el seguro social que le han denegado por olvidar un papel en casa procedente del Children and Family. Le recuerda a la mujer que está aquí por ella, la interlocutora ríe despiadadamente y le dice que ni se le ocurra regresar, que ella no está para recordarle a él por qué tiene que estar acá, en Miami. Él suelta una pícara carcajada y le dice que llamará a un amigo para decirle que ya terminó a ver si puede recogerlo, pero no piensa contarle que se olvidó el otro papel para que no lo regañe como niño chiquito, cosa para la que él no está. Cuelgan. A mi lado una señora canosa que aprieta su cartera contra si, cuenta con el ceño fruncido, cómo el oficial de inmigración (ICE, CBP agentes tal vez?) en la frontera la peloteó y la maltrató pero ella lo puso en su lugar. La otra no le cree y ella cuenta en detalles que él no quería creerle su participación en el levantamiento del 11 de Julio, cosa que ella admite es mentira pero su hermana de aquí que si no va a Cuba, la instruyó perfectamente con todo lo que tenía que decir en la frontera o de lo contrario ella no la ayudaría más porque ya estaba cansada de pasar por encima de sus principios e intentar sacarla de la miseria. Le comenta un poco más bajo que fue por eso que accedió a venir, porque sabía que de lo contrario iba a pasar trabajo. Por lo demás ella estaba de maravillas en su casa con ‘de todo’ que su hermana, a través de los años le había suministrado. Se despiden no sin antes la amiga le recomienda no ir en contra de ninguna otra autoridad porque pudiera buscarse un problema mayor. Esta ríe y le increpa que aún no ha nacido quien la maltrate ni en Cuba ni aquí. Soy yo quien ríe ahora. Observo que en la fila todos visten acorde a su estado actual. Se puede diferenciar un establecido a un recién llegado. Enciendo mi carro nuevamente y subo las ventanas, necesito sumergirme en mi lectura, bloqueo totalmente lo mundano.
Viernes, 8:34 pm Westar de Le jeune Rd y la 7ma calle del Northwest de Miami.
Pasajera: Paremos acá que el vuelo ya aterrizó pero dice que hay fila para recoger su maleta.
Esposo conductor: OK debe ser rápido así que me quedaré aquí mismo-se sitúa al lado de la estación de aire-.
Transcurren veinte minutos entre charlas y risas de los ocupantes del carro. Siempre pendientes a si viene alguna otra persona por aire, movernos y dejarles libre el sitio. Así que previniendo, motor encendido. Se aproxima un SUV de color negro, el conductor baja la ventanilla correspondiente y señala el carro ahí parqueado. La pasajera lo nota y le comenta al esposo que se mueva para que puedan usar la estación. Se sorprenden al verse bloqueados por la puerta que, abierta, no les permite moverse.
Agresor: Sale del carro que te voy a dar dos tiros! Es este verdad?-le pregunta vociferando a otro tan desagradable como él, quien a su vez ha contestado, supuestamente, que si- Sale que te voy a dar dos tiros!-entre otros muchos (como atrevidamente llamaré) «sonidos guturales» ya que no se le entendia entre tanto ademan y chabacaneria-.
Esposo conductor y pasajera al unísono: Espera, que pasa? A quién buscas? No somos nosotros, tenemos niños (todos en shock, niños llorando, adultos señalando los niños en el asiento de atrás). El matrimonio en tono desesperado sin bajar ventanillas ni poder escapar de aquel incidente. El tirador, da un vuelco y se inclina (siempre con su mano izquierda oculta a la altura de la cintura por la espalda) a recoger lo que se deduce era un arma de alguna otra índole, la etiqueta de su pullover colgaba aún del cuello, la puerta del SUV se entrecierra atrapandole, salvandonos. El protector de aquella familia aprovecha la cobertura y acelera, atraviesa oscuras entrecalles hasta desaparecer. El celular no para de sonar, la hija por fin les espera en la puerta D47 de arrivals en el Miami International Airport. Le recogieron, se abrazan madre e hija quien llora en un recurrente temor de no ser encontrada entre tantas personas. Aun desespera cuando está lejos de su madre.
Salen del shock y la pasajera llama al non emergency police number:
Del otro lado del auricular: Miami police, dígame-debo resaltar que cuando estoy nerviosa es cuando único marco el #2 para español. Siempre lo he considerado una pérdida de tiempo-.
Pasajera: Quiero reportar un incidente violento que acaba de ocurrir en la Westar de Le Jeune y la 7ma calle del NW.
Se encuentra usted en el lugar?
No, pudimos huir, estamos a salvo
Lo siento pero si abandona el lugar no podemos tomarle declaraciones por teléfono
Debía esperar los disparos entonces?
Lo que digo es que una vez que abandona el lugar de los hechos el único lugar donde puede ir a hacer una denuncia formal es en la estacion de policia pero no le aconsejo que vaya hoy porque ya está cerrado.
Entonces no hay nada que hacer, otro criminal queda impune en la ciudad que vivo alrededor de diecisiete años. Ya no me siento segura. Que pena, me averguenzo de todo lo que está pasando y ver que estamos solos.
Señora, hace mucho Miami no es una ciudad segura. La entiendo.
Muchas gracias.
Pesadilla recurrente, entre calles oscuras, el pánico en el sueño, el parabrisas trasero ante mis ojos, un SUV que deambula por Miami acechando impune.
Last update: Alguien nos comentó que esto es un esquema activo ahora en Miami. Marcan un carro como target, amenazan para que el conductor se baje enfadado, y en la cobertura le roban. Les da lo mismo un celular, que un bolso, total, a estos no les cuesta su paz mental.
Alguien sabe quienes son los implicados o debo ser explícita? Estén alertas.